No sé si os habéis dado cuenta, pero se nos acaba el año. Cuando llega este momento cada uno tiene sus manías. Algunos se hacen propósitos para el nuevo año, otros hacen balance del que está a punto de acabar. A mí me da por poner etiquetas. Me refiero a ponerle un título al año que acabas de vivir. Como manía no está mal y os aseguro que es un trabajo sencillo a la par que provechoso.Sería un ejercicio memorísitico demasiado extenso -además de innecesario por carecer de interés- reproducir aquí las etiquetas que he ido poniendo a todos los años que he vivido, pero la siguiente os puede valer como ejemplo orientativo:
"1976: el año que me vio nacer".
La gracia está en que el resultado final suene bien. Debe ser algo solemne, casi místico. Una frase elevada que sintetice lo ocurrido durante ese año y engarce para siempre esa fecha con un capítulo esencial de tu vida. Cuando hables a tus nietos, asociar etiquetas a los años harán que tus relatos sean inigualables; tus descendientes quedarán convencidos de que a lo largo de tu vida has estado dotado de una aureola mágica que ha hecho de ti un personaje verdaderamente clave en la historia de la humanidad, un braveheart, un patton, una sisí emperatriz. Ninguna biografía debería escribirse sin etiquetas. La vuestra tampoco.Desde aquí os invito a un ejercicio que supera con amplitud lo meramente literario. Se trata de forjaros vuestra propia leyenda, del relato de un pasado glorioso en el que os habéis hecho a vosotros mismos. Años dignos de las más legendarias epopeyas que se han escrito nunca. Yo por mi parte ya tengo la etiqueta que definirá este año.
"2002: el año que no pegué un palo al agua".
Y a mi sólo se me ocurre esto:
" 2007: el año en que nos dejastes".
Feliz año Juanmi, allí dónde estes.
